domingo, 31 de enero de 2016

                        La colilla y el fin.

El cigarro se consumía a fuego lento, la calle repleta de gente y ahí estaba yo, sola, sentada en el frío cemento mirando como la gente hacía su vida sin problema alguno, sin cuestionarse nada, mirando de pies a cabeza a aquel que caminaba a su lado.
Por más que intentaba comprender el estilo de vida ajeno, no podía.
Pasaban en jaurías sin mirar que había bajo sus talones, me pisaron los pies y las piernas y a nadie pareció importarle.
Una cuadra más allá, un indigente en mi misma posición con un vaso de plumavit en la mano, mendigando una moneda, tenía aspecto esquelético, por lo que ví, no había ingerido comida alguna en quizás cuantos meses, con la mirada rota y a la vez llena de esperanza, levantaba el vaso intentando conseguir un peso, pero lo único que conseguía eran palabras y miradas hirientes, producía asco y repulsión a aquellos vestidos de temporada, con las prendas coloridas y zapatos de suela nueva.
El egoísmo y ambición habían tomado poder sobre el ser humano, el individualismo era la nueva religión y ley, pero claro, no estaba escrito en ninguna parte, más bien, era parte de la esencia de las nuevas generaciones.
Yo no encajaba en el mundo materialista, a mi alrededor, centenares de casas con cerco eléctrico y garajes con un auto de último modelo, la fragancia a piso limpio que había dejado la ama de llaves llegaba hasta la otra cuadra, la gente entraba y salía por la puerta de sus hogares con ojeras evidentemente cubiertas en maquillaje, por supuesto, las apariencias valían más que la salud, mental y física.
La gente trabajaba horas y horas entre cuatro paredes para satisfacer las necesidades del jefe y recibir unos cuantos papeles verdes a fin de mes, ese papel con la cara de algún poeta o figura histórica importante que controlaba el mundo por completo, aquel papel había logrado conquistar al mundo, el ser humano se había vuelto dependiente a recibir y gastar aquel pedazo de árbol procesado.
Que sería el mundo sin dinero?
Se gastaban la vida para gastar dinero en cosas que realmente no necesitaban, para enriquecer al más rico, al más poderoso, y seguir siendo la misma miseria de persona que eran, siguiendo todos el mismo sueño, las mismas ambiciones, pasando por encima del otro para conseguir el beneficio personal, perdiendo horas de libertad, condenados por una hoja lleno de letras en el cual firmaron con su nombre, su auto condena de esclavitud al sistema.
Enriquecer el bolsillo era más importante que enriquecer la mente.
La gente era frívola, banal, cada vez era más difícil encontrar a alguien con quien dialogar un tema de real interés e importancia, pues los nombres de famosos salían de las bocas ajenas cientos de veces al día, influenciados por la moda y las apariencias, estereotipados.
Mentes totalmente huecas.
El mundo se caía a nuestros pies, el clima había cambiado y las especies se estaban extinguiendo y nadie hacía nada al respecto, con una palabra que demostrara interés tenían el trabajo hecho.
Los empresarios más poderosos destruían el ecosistema para ampliar las industrias y seguían enriqueciendo su poder.
El ser humano estaba destruyendo el planeta y la “humanidad” (entre comillas porque no se le puede llamar humanidad al conjunto de lacras de ser humanos que somos, con excepciones, por supuesto.)

-CORRE
De pronto escuché una voz y volví al frío cemento, el cigarro se había consumido por completo y el mendigo ya no estaba.
-ESCAPATE!, tu no perteneces aquí.
-No tengo donde ir.
-Eso da igual, en el camino crearas tus recursos.
-Me da miedo.
-No hay de que temer.
-Le temo a la vida.
No, a la vida no, le temo al que vive.
Por que he de confiar en el ser humano?
Al otro lado del mundo, los desafortunados que perdieron todo menos la vida en la explosión de una bomba catastrófica, intentan entrar a un país ajeno, buscando una última chance de vivir dignamente y ahí están, con su raza esparcida entre mar y tierra, algunos sobre esta y otros sin vida en el fondo, pidiendo ayuda sin éxito.
He perdido la fe en el ser humano, en la humanidad, pocos son los que piensan igual que yo, los que buscan más allá de una billetera gorda, de la cama cómoda, del billete a fin de mes.
-Vete!
Ahora no era mi mente de donde provenían las palabras.
-CORRE!
Por más que miraba, no veía de que huir, la gente corría despavorida gritando por sus vidas, de pronto, ya no les importó el calzado, si no, donde pisar con este.
La voz que me advirtió de pronto no sonó más, tiré la colilla al suelo y al pararme, pude ver que el cielo se había vuelto color rojo, los cerros a la distancia habían perdido altura y las nubes se habían vuelto llamas.
A donde me moviera, la situación era la misma, no había donde ir.
Del cielo bajaron unas luces multicolor y un ruido ultrasónico me llegó como bala a los tímpanos, me apoyé sobre la pared esperando lo mejor y preparada para lo peor.
A unas seis cuadras, una luz color violeta se posó sobre la tierra, cuando esta se disipó, una nave color petróleo metálico abrió sus puertas, permitiéndole el paso a unos seres enormes con armas aún más grandes.
Cerré los ojos y no supe más de nada ni nadie.
Me volví aire y fuego al mismo tiempo.
Y ahí quedaron los más afortunados, con sus corazones latiendo, con sus almas ahogadas en tristeza y desesperación, buscando entre las ruinas lo que realmente nunca tuvieron.
Felicidad.